Nos acomodamos en el silencio, y esperamos a que el reloj sentenciara la despedida.
Los minutos se alejaban y mi mano tiritaba en la tuya. Sabíamos que era la última vez, que la distancia iba a pesarnos demasiado. Pero el dolor era tan profundo que ninguno tuvo el valor de pronunciar un "te echaré de menos" en voz alta.
Tan solo lo susurramos, con la respiración entrecortada y la garganta seca.
Los recuerdos se acercaban para poner un final a mi vida en aquella habitación ,y las manecillas del reloj anunciaron la despedida. Aquellos ojos verdes ya no me miraban.
Quedaron entre unos párpados cerrados con llave. Hubo un suspiro fugaz y una llanto repleto de dolor entre unas cuantas puñaladas en el pecho.
Después te alejaste por aquel quirurjico pasillo arrastrando mi vida, demasiado deprisa como para sentir que el final habia llegado. Entonces el mundo siguió su movimiento, pero me dejó a mí olvidada en ese rincón, acompañada de una tortura.
Abrazada a lo poco que me quedaba de tu olor.
Mirando como tu adiós despegaba,
como el invierno me traspasaba la piel
Y como, despacio, en aquel frío dieciséis de diciembre,
dejaba de existir un nosotros.
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